
Calvià, sábado 13 de junio de 2026
Superestrellas Cypress Hill
El histórico combo de hip hop consiguió insuflar dinamismo suficiente a su actuación, en una jornada dominada por los conciertazos de pablopablo, Depresión Sonora, rusowsky, León Benavente, Komodo García más el triunfazo funk de Arp Frique & The Perpetual Singers, y la lógica expectación mundanal ante Aitana.
Por Annalisa Marí Pegrum y Víctor M. Conejo
José Luis Luna, Antonio Sureda y Marina Rueda (ver galería)
La segunda jornada del festival dejó claro desde primera hora que las reglas del juego habían cambiado. El síntoma más evidente fue un desembarco generacional sin precedentes: colas kilométricas y riadas de niños y adolescentes —con una abrumadora presencia de niñas de entre ocho y doce años— que cruzaban los accesos corriendo con un único objetivo en mente. El fenómeno Aitana había tomado el recinto tras colgar el cartel de sold out unas horas antes, dejando a las puertas a decenas de rezagados buscando desesperadamente una entrada de última hora.
La estampa era insólita para un festival de estas características: marea de menores con camisetas conjuntadas de la artista, e incluso señores de perfil marcadamente heteronormativo luciendo con orgullo el rosa chicle de “I LOVE AITANA”. Mientras algunos escenarios aún permanecían vacíos, las colas para recargar pulseras, ir al baño o cenar ya se estiraban ante la marea humana.
Así, mientras el grueso de la masa corría a colonizar las primeras filas del Escenario Mallorca, los amantes de la orfebrería pop nos dispusimos a inaugurar la tarde con pablopablo. Lo del madrileño (Pablo Drexler) fue el reverso a la locura colectiva que se vivía fuera. Defendiendo los temas de su notable «Canciones en mi», desplegó ese directo tan suyo que cabalga entre el pop minimalista, el R&B contemporáneo y el soul electrónico de vanguardia. Un directo de tú a tú, íntimo y magnético, ideal para esas horas de la tarde.
El relevo de la tarde lo tomó Depresión Sonora, quienes tardaron pocos minutos en mandar la corrección política a paseo con un rotundo “a tomar por culo, a quemarlo todo”. Su post-punk asfixiante y sus himnos de nihilismo generacional desataron los primeros bailoteos serios de la jornada, demostrando que el descontento también se baila con rabia.
Casi sin transición, llegó el turno de las primeras estrellas internacionales con Cypress Hill, aunque el hecho de que todavía no fuera de noche provocó que sus imponentes visuales no lucieran con toda la fuerza que merecían. El choque cultural en las primeras filas fue antológico: algunas de las niñas que llevaban acampadas horas para ver el pop de Aitana tuvieron que soportar lo que, a sus ojos, debió parecerles una auténtica misa satánica de hip-hop oscuro, humeante y cannábico. Un peaje bizarro que los californianos compensaron no defraudando a los fieles y regalando sus hits más atemporales justo al final.
De ahí tocaba salir corriendo hacia rusowsky para presenciar el que, para una servidora, acabó siendo uno de los mejores conciertos de todo el festival. Y eso que ya jugaba en terreno conocido tras haberlo visto en el Atlàntida Mallorca Film Fest de 2024 y aquí mismo en la edición de 2023, pero su derroche de energía y desparpajo actual está a otro nivel. El madrileño desplegó su inclasificable receta de neo-trash —flanqueado por unas pantallas que proyectaban perturbadoras imágenes estilo Botero pasadas por el filtro de una IA— provocando el desconcierto de alguna despistada que soltaba entre el público un hilarante “¿pero qué hace esta señora mayor cantando bachata?” (¿o será que los mayores somos nosotros por no pillarlo?). Pese a que se dejó en el tintero algunos de sus temas más sonados, el éxtasis colectivo estalló de forma unánime al cerrar la sesión quemando zapatilla con «Valentino Rossi».
Después de semejante derroche de energía, el cuerpo pedía a gritos una tregua, y el refugio perfecto fue el Escenario La Isla (el antiguo Radio 3) de la mano de los locales Komodo García. El combo mallorquín ofreció el colchón sónico ideal para rebajar las pulsaciones y dejarse mecer por un sofisticado indie pop hecho en casa.
Reconozco que, a pesar de no ser una gran fan suya, pipear el concierto de Aitana ponía la piel de gallina. El volumen del público era tan atronador que las voces de todas esas niñas eclipsaban por completo los altavoces, cantando más fuerte que la propia artista. Una marea infantil cuyos padres habían aguantado estoicamente hasta las once y media de la noche para presenciar todo aquel percal que, por qué no decirlo, resulta chocantemente sexualizado y poco adecuado para esas edades. Pero las contradicciones de la industria pop son así: la barcelonesa cautivó a las masas con su magnetismo de Barbie perfecta, una voz impecablemente dulce y una puesta en escena impresionante, sosteniendo el espectáculo a base de coreografías semieróticas pero ejecutadas al milímetro en una extensión de su «Cuarto azul». Vaya momentazo ese guiño a «Toxic» de Britney Spears y vaya tostón innecesario el recuento de su viaje de estudios a Mallorca.
Y si hablamos de viejos conocidos que nunca fallan, así como repetían Belén Aguilera, rusowsky o Aitana, también lo hicieron León Benavente para recordar cómo se defiende un directo verdaderamente potente. Madre mía, qué jodidamente buenos son sobre las tablas. Lo suyo es una apuesta segura que roza la locura colectiva en cada pase. El delirio absoluto llegó cuando Abraham Boba decidió romper la cuarta pared y bajar directamente a la pista a bailar entre el público. El caos fue tan glorioso que los propios miembros de seguridad, completamente desbordados, eran incapaces de seguirle el ritmo mientras se les escapaba entre la masa. Una verdadera apisonadora.
Para los que todavía guardaban un último cartucho de energía en la recámara, el fin de fiesta perfecto llegó con Kaiser Chiefs. Los británicos salieron a morder con su infalible arsenal de indie rock dosmilero, desatando una auténtica fiesta a base de saltos, estribillos coreados a y esa urgencia guitarrera ideal para quemar las últimas fuerzas de una jornada inolvidable.
Y así, cansada pero feliz, finalizaba esta segunda jornada festivalera. Mientras salía por última vez del recinto este año, una pregunta me golpeaba la mente: ¿cómo demonios lo hacíamos cuando el festival duraba tres días enteros? Definitivamente, la edad no perdona, y el solo pensamiento de añadir veinticuatro horas más a las piernas ya provocaba agujetas mentales.
Mientras me retiraba a casa, pensaba en la gran pregunta que flota en el ambiente: ¿habrá festival el año que viene? Los rumores dicen que no, que el futuro del formato está en el aire. Nosotros, testarudos amantes del directo, esperamos otra cosa. Cruzamos los dedos.
(…)
(Aquí va el dolor de pies que no tenía con catorce años, el buen jalar para cenar que desde los foodtrucks de Love is in the Air nos dieron a todo el equipo, el majismo del personal médico que me dieron unas buenas tiritas para las rozaduras de mis talones y la sablada de seis pavos la caña que en el fondo me dio igual.)
(Añadido certero de un compi de esta revista: Cero unidades de descuento o promociones en cashless por carga de 50 o 100€ o por carga previa + Promocionar el “combinado fit” con 73 kal + No había vasos de tamaño grande para cervezas (650cc, ya ni me imagino los de 1l.)
Después de decir “sí a todo” lo que pontifique Annalisa porque su ojo y su óptica siempre son finas y filipinas, reconfirmando que parece mentira lo poco creativos que son los directos de Aitana (si ella no tiene medios, ¿quién los tiene?), los bolacos de rusowsky, Depresión Sonora y León Benavente, y que Cypress Hill venga va os lo compramos, añado que a Mon Joan Tiquat me lo perdí pero firmo con sangre que dio otro conciertazo segurísimo, y que otras jefazas locales para quienes el año que viene quiero escenario más grande fueron Umbra, Maribel Mayans y Júlia Beatloop.
En el capítulo de sorpresones, la jerarquía flamenca de Carmen y María, más el pogo de cierre de escenario de Rata. Perfecto Miserable estuvieron perfectamente noveles, con una adrenalina ensuciada de alto impacto. Y por encima de todo, el conciertazo funk de Arp Frique & The Perpetual Singers. Qué jartura a bailar sin importar el dolor de pies.































































































































































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